Ariadna
Él jugaba con la pelota, ella lo hacía en su hamaca. Los dos eran colorados y tenían la misma edad, o por lo menos eso es lo que parecía. Dicen que no eran hermanos. ¿Eran idénticos porque alguien cometió un error? No creo en esta teoría, pero una vecina la deslizó en una conversación con mi madre. Eran parecidos y esto nadie lo podía negar.
Conversé con ellos el primer día de clases. Una profesora, que también era colorada, nos sentó muy cerca. Yo estaba detrás cuando les vi los brazos. Tenían razón mis amigos del barrio. Era un pequeño círculo en las muñecas que, si uno lo hubiera visto sin prestar demasiada atención, parecía un reloj.
Después de algunos días o semanas en que me dediqué a verla, le pregunté cómo se llamaba. Acerqué mi rostro para que nadie se percatara. Todos estaban copiando lo que la profesora escribía en el pizarrón. Ella se volvió hacia mí y me respondió con la voz más dulce jamás antes creada:
—Me llamo Ariadna.
A continuación, dibujó una línea en mi cuaderno que siguió dibujando en la pared cuando terminó la clase de ese día. Al día siguiente, me sonrió mientras sacaba los cuadernos de una mochila y los colocaba en el banco del aula.
En los recreos conversaban poco. Los otros alumnos les hacían preguntas sobre cualquier temática, y tanto ella como él respondían sin inconvenientes; era bien sabido por todos que podían hablar horas y horas sobre cualquier tema.
Un día, antes del final de la clase, le pedí que me ayudara con un poema que estaba escribiendo. Ella empezó a citar a una infinidad de poetas, hasta que se detuvo en uno de ellos y me dijo que él lo hubiera concluido así. Tomó una lapicera y escribió una estrofa.
Un viernes, en el punto más alto de mi encantamiento por ella, los vi a los dos en la sala de la dirección de la escuela. La mujer que acostumbraba a llevarlos les cedía a otra mujer, y esa mujer los tomó de la mano y se los llevó. Me hubiese gustado que Ariadna me mirara, pero no lo hizo. Los vi saliendo de la escuela y la profesora me pidió que prestara atención a la clase.
No volvieron más, y tampoco los vi jugando en el patio de esa casa. Mi vida siguió su curso, aunque yo nunca me olvidaría de esa tarde y de su nombre.
Tiempo después, años después, lo vi al colorado. Estaba en una vidriera del centro. Lo compré por unas monedas. Era un modelo que ya había pasado de moda y lo vendían a un precio de regalo. Por falta de mantenimiento ya no tenía la capacidad de mover las articulaciones y la función del habla había caducado.
Eran incapaces de conversar y lo que antes maravillaba, ahora era una causa de desprecio.
—Nadie soporta el silencio de ellos. Solo miran —me dijo el vendedor.
—Lo llevo igual —le respondí.
Lo llevé a mi casa y le preparé una habitación solo para él. Con el colorado regresó una ilusión, una ilusión que me había dejado hacía ya un buen tiempo. ¡Y qué desamparo cuando no tenemos ilusiones! . Pero ese día la recuperé y la abracé fuerte. Le pregunté por Ariadna, le confesé que nunca la había olvidado y que todavía la soñaba dibujando esa línea en la pared, en las calles, en todas partes.
El colorado solo miraba. Ese día le prometí que la buscaríamos.
Dos días después, cuando el frío ya no congelaba, salimos a la calle a buscarla. A él lo llevaba como si fuese una mochila. Elegí hacerlo de noche. Era más seguro hacerlo de noche.
En algunas calles del centro la gente se juntaba y hacían enormes hogueras con lo que encontraban. Era una forma de aplacar el frío y el desencanto. Con el colorado a mis espaldas caminamos por el centro y por la vieja terminal. Después nos fuimos hasta la plaza Urquiza, para subir con mucho cuidado por la 25.
Había chicos y jóvenes en las esquinas y en los contenedores de basura, pero Ariadna no estaba. La noche nos protegía, pero me confié demasiado.
Cuando regresaba a mi casa, un grupo de personas nos vio y comenzó a seguirnos. Me apresuré y ellos también lo hicieron. Cuando atravesé la plaza en dirección a los barrios del sur, vi a tres chicos sentados en un banco, pero tampoco estaba Ariadna.
Me detuve con la intención de alzarlos y llevarlos conmigo, pero esa horda ya estaba muy cerca y tuve que dejarlos. Les pedí disculpas.
Cuando la horda los descubrió, dejaron de seguirme a mí y se lanzaron a depredarlos. Primero les arrancaron la ropa y después los descuartizaron. Todo servía para aplacar el frío y también el desencanto.
Llevaron sus partes, pero dejaron las cabezas.Dicen que no soportan verles los rostros mientras el fuego los consume. Otros, los más supersticiosos, dicen que incinerarles las cabezas trae mala suerte.
Con el colorado nos perdimos por una calle en dirección al sur. Ya en mi casa, lo dejé en la cama al colorado y le dije que no se preocupara, que a pesar del incidente que habíamos tenido, mi promesa estaba más firme que nunca.
En los días siguientes, saldríamos de nuevo a buscar a Ariadna. El colorado miraba y había pena en su mirada.
En mi habitación pensé en Ariadna, y en el sonido de ese nombre en los labios de ella. La mirada y el hilo de Ariadna dibujado en mi cuaderno y en mis sueños. Afuera, lejos, ardían las hogueras. Aparté la mirada de esta imagen para no pensar en la triste posibilidad que me sugería.
Pensé en ella. Se me presentó como en la última tarde en que la vi. Tomé una hoja de papel con la idea de escribirle un nuevo poema. Para esto, busqué inspiración en las páginas de algunos viejos poetas. Mi utopía eres tú, fue lo único que pude escribir esa noche pensando en Ariadna.
Autor: Hugo Arce


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