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La fiesta inolvidable

 


La fiesta inolvidable 




Hubiera sido una noche del montón, de no ser por ese precioso detalle. Aunque siempre supe que las noches —y especialmente las noches de fiesta— tienen una impronta surrealista. Esto propende a la distorsión de las cosas.

Yo había aceptado la invitación de un amigo para asistir a una fiesta de egresados. Era la fiesta de su hija, una flamante abogada que desde muy chica había demostrado que seguiría la tradición familiar de aceptar y ganar pleitos. El orgullo de su padre.

Creo que acepté porque esa noche no tenía otra alternativa, y tampoco la lucidez suficiente como para inventar una excusa medianamente creíble. De modo que, a las diez de la noche, ya estaba encaminado al salón donde tendría lugar la fiesta, con un horario de regreso previsto. En mi agenda mental de esa noche estaba escrito que no permanecería más de tres horas. En ese lapso cambiaría algún que otro comentario con mi buen amigo, felicitaría a la nueva abogada y conocería a Estela , la hermana de la esposa de mi amigo.

Y precisamente Estela sería ese precioso detalle que mencioné al comienzo.

No voy a mentir: Estela no me impactó en cuanto la vi. Tuvieron que pasar unos cuarenta minutos, o quizás un poco más. El salón ya estaba colmado, y los amigos y compañeros de la facultad de Mariela —la abogada— se habían apropiado de la fiesta y de la atención de los que históricamente nos marginamos. Sentado solo, a un costado, mientras mi amigo y su esposa parecían revivir antiguas noches de noviazgo y diversión, la vi a Estela por segunda vez y, por esas cosas que la razón no comprende, quedé prendado de ella. Me pareció la mujer más bella del mundo.

Estaba en el otro extremo del salón y se contorneaba ante la mirada lasciva de un tipo de bigotes que, al igual que yo, era solo un testigo del frenesí ajeno. Estábamos a igual distancia de Estela y pronto advertimos que no había nadie más en esa fiesta. Éramos Estela y nosotros dos, ya encaramados en un duelo visual que anticipaba el galanteo torpe y apresurado en el que nos vimos envueltos.

Él se incorporó primero y caminó unos pasos para ubicarse en una posición más privilegiada respecto del culo de Estela. Yo no le fui en zaga: también busqué una posición estratégica. Ella bailaba sola. No bailaba con nadie, aunque probablemente lo hacía para todos. O quizás bailaba en otro escenario, junto a sus amigas o compañeras del secundario. Una danza sensual, fuera de tiempo.

Con Mauricio —ese era el nombre que le inventé a mi rival esa noche— nos limitamos a mirarla de pies a cabeza, con especial atención y regodeo en el movimiento hipnótico de su culo . Porque así estuvimos, con Mauricio, aquella noche: hipnotizados. Y al final, amigados por la indiferencia de Estela y nuestra total impericia para acercarnos a ella. Nos saludamos cuando nuestra noche fallida concluyó.

En nuestro lugar lo hizo un tipo con una camisa azul. Recuerdo su camisa porque, en rigor de verdad, era lo único destacable de ese sujeto. Por lo demás, un flaco tan ordinario que tuvo que bajarse más de una cerveza para lanzarse a la conquista de semejante mujer. Al flaco yo no lo había visto. Aunque, en realidad, esa noche era toda de Estela.

Pero lo cierto es que, en un momento, el flaco de la camisa azul entró en mi campo visual desplegando una danza de conquista como esos pájaros de National Geographic: se acercaba y se alejaba, levantaba los brazos, cerraba los ojos y cantaba. En un punto de esa danza ridícula, Estela también levantó los brazos, cerró los ojos, hasta que coincidieron, y los brazos de él aterrizaron en el paraíso.

Con Mauricio comenzamos a ver el cuerpo de Estela y las manos de ese flaco cualquiera que llegaban hasta el límite mismo de ese paisaje soñado. No se separaron durante toda la noche, y yo no dejé de mirarla durante toda la noche. Supongo que Mauricio tampoco, aunque él se retiró antes. Yo lo hice junto a mi amigo, su esposa, Estela y ese flaco estrafalario que esa noche la había conquistado para siempre.

Al día siguiente, o dos días después —porque si la fiesta fue un sábado, lo más probable es que haya dormido todo el domingo—, todavía pensaba en ella. El espectáculo del que había sido testigo me había empujado a omitir toda mesura. La cerveza es la única opción posible para el que se autoexcluye en una fiesta. La opción intermedia está prohibida por una suerte de mandato: o se participa de cuerpo y alma, o se finge esa melancolía que se empaña con el alcohol.

Yo nunca pude pertenecer al primer grupo.

Fue dos días después, un martes a la mañana, cuando reconocí a Estela entre la marea humana que caminaba por la peatonal. Lejos de las luces y la música de aquella noche, Estela había perdido ese halo de mujer fatal que me había encandilado. Caminaba sola, sin compañía ni la mirada de nadie. Pensé en seguirla, pero la dejé tomar distancia hasta que se perdió para siempre en esa fiesta de un sábado a la noche.


©️ Hugo Arce






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